
¿Qué historia? ¿La del octavo día de la semana? Pero es aburrida… Bueno, está bien. Pero no pidan muchos detalles, los faltantes deben ser creados en sus retinas.
El octavo día de la semana siempre fue mi preferido, desde que tenía 5 años, 5 días, 5 horas, 5 minutos y 5 segundos. Generalmente, todos los octavos, eran más o menos iguales, agradables y nada más, salvo aquel, salvo su noche.
Estaba fresco y oscuro como nunca, así que tomé una silla y salí a caminar. En mi ruta sin importancia me crucé con una playa, decidí acercarme a la orilla. Me saqué los zapatos, apoyé mi silla y me senté. El movimiento de la marea mojaba mis pies, suavemente, con su agua helada. Poco a poco comencé a sentirla cada vez más caliente, sin ser muy preciso, habrá llegado a una temperatura de 55,5°C.
El ambiente comenzó a cambiar, el cielo se movía, se avecinaba una tormenta, pero no me fui. Escuchaba relámpagos cada vez más próximos, llegaron a mí y allí se quedaron. “quieren sentarse en la orilla ellos también”, pensé. De repente, un rayo iluminó el lugar, y pude ver, en el fondo del agua, una roca azul, al menos ese fue el color que percibí. Con la ayuda de los amables rayos, simpáticos ellos, pude reconocerla, la había visto antes. Esa roca azul solía ser mucho más grande, estaba seguro que era la misma, me había pertenecido, siempre la llevaba en mis manos, por si me cruzaba con ese alguien importante poder entregársela. Yo creía que nos habíamos cruzado, que se la había dado, ¿Cómo llegó ahí? Pensando, concluí que no nos habíamos cruzado, sino que vagamente nos acercamos, se la entregué, creyendo tocar sus manos, y la roca cayó. Nunca pensé volver a verla, la creí desaparecida, fuera de mí.
Como todos debemos seguir nuestros caminos, quise tomarla y arrojarla lejos, entonces esperé a que el siguiente amigo rayo me ayudara a percatarme exactamente de su posición. Cuando pude precisar su locación, me incliné hacia adelante, provocando un chillido en la madera de mi silla, logré sumergir mi mano, pero no fui capaz de tomarla; me senté correctamente y, nuevamente, inicié todo de vuelta, pero tampoco pude. Intenté 5 veces y no pude, pero no porque ella me lo impedía, sino porque yo era cobarde, muy cobarde. No me animaba a alejar semejante belleza de mí, la belleza de aquella roca. Por supuesto, la roca azul empezó a reírse,” ¿De qué te ríes?” le pregunté, pero no respondió, solo se reía más y más. Maldita.
Los rayos se superponían el uno con el otro, tuve que tapar mis oídos con mis manos, ya que no podía tolerar el sonido estruendoso del lugar. La marea comenzó a subir, mi silla empezó a hundirse en la arena. La roca lloraba de risa. ¡Qué sonido tan chillón y fantasmagórico! Aún sueño con ello. No pude soportarlo. Sin darme cuenta que olvidaba mis zapatos, me puse de pie, tomé mi silla y, con mi infinita cobardía, salí corriendo.
La roca azul sigue estando en el mismo lugar. No me he animado a volver, ya no voy a la playa, ni siquiera en la tarde del octavo día de la semana.
Yo se que, alguna noche tormentosa, llenaré mi espíritu de valentía y, con gran coraje, tomaré mi silla, iré a la playa, me acercaré a la orilla, tomaré la roca azul y, con mucha fuerza, la arrojaré hacia las estrellas.
El octavo día de la semana siempre fue mi preferido, desde que tenía 5 años, 5 días, 5 horas, 5 minutos y 5 segundos. Generalmente, todos los octavos, eran más o menos iguales, agradables y nada más, salvo aquel, salvo su noche.
Estaba fresco y oscuro como nunca, así que tomé una silla y salí a caminar. En mi ruta sin importancia me crucé con una playa, decidí acercarme a la orilla. Me saqué los zapatos, apoyé mi silla y me senté. El movimiento de la marea mojaba mis pies, suavemente, con su agua helada. Poco a poco comencé a sentirla cada vez más caliente, sin ser muy preciso, habrá llegado a una temperatura de 55,5°C.
El ambiente comenzó a cambiar, el cielo se movía, se avecinaba una tormenta, pero no me fui. Escuchaba relámpagos cada vez más próximos, llegaron a mí y allí se quedaron. “quieren sentarse en la orilla ellos también”, pensé. De repente, un rayo iluminó el lugar, y pude ver, en el fondo del agua, una roca azul, al menos ese fue el color que percibí. Con la ayuda de los amables rayos, simpáticos ellos, pude reconocerla, la había visto antes. Esa roca azul solía ser mucho más grande, estaba seguro que era la misma, me había pertenecido, siempre la llevaba en mis manos, por si me cruzaba con ese alguien importante poder entregársela. Yo creía que nos habíamos cruzado, que se la había dado, ¿Cómo llegó ahí? Pensando, concluí que no nos habíamos cruzado, sino que vagamente nos acercamos, se la entregué, creyendo tocar sus manos, y la roca cayó. Nunca pensé volver a verla, la creí desaparecida, fuera de mí.
Como todos debemos seguir nuestros caminos, quise tomarla y arrojarla lejos, entonces esperé a que el siguiente amigo rayo me ayudara a percatarme exactamente de su posición. Cuando pude precisar su locación, me incliné hacia adelante, provocando un chillido en la madera de mi silla, logré sumergir mi mano, pero no fui capaz de tomarla; me senté correctamente y, nuevamente, inicié todo de vuelta, pero tampoco pude. Intenté 5 veces y no pude, pero no porque ella me lo impedía, sino porque yo era cobarde, muy cobarde. No me animaba a alejar semejante belleza de mí, la belleza de aquella roca. Por supuesto, la roca azul empezó a reírse,” ¿De qué te ríes?” le pregunté, pero no respondió, solo se reía más y más. Maldita.
Los rayos se superponían el uno con el otro, tuve que tapar mis oídos con mis manos, ya que no podía tolerar el sonido estruendoso del lugar. La marea comenzó a subir, mi silla empezó a hundirse en la arena. La roca lloraba de risa. ¡Qué sonido tan chillón y fantasmagórico! Aún sueño con ello. No pude soportarlo. Sin darme cuenta que olvidaba mis zapatos, me puse de pie, tomé mi silla y, con mi infinita cobardía, salí corriendo.
La roca azul sigue estando en el mismo lugar. No me he animado a volver, ya no voy a la playa, ni siquiera en la tarde del octavo día de la semana.
Yo se que, alguna noche tormentosa, llenaré mi espíritu de valentía y, con gran coraje, tomaré mi silla, iré a la playa, me acercaré a la orilla, tomaré la roca azul y, con mucha fuerza, la arrojaré hacia las estrellas.

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