martes, 4 de agosto de 2009



En el aire quiero estar, pues allí arriba puedo ser libre. En el aire, las reglas terrenales no existen, el sistema social es inútil. En el aire, soy perfectamente honesto y sincero, la manera en la actúo es, ciertamente, indiferente, mi personalidad es 100% auténtica, sin filtros ni restricciones que, a veces, me son impuestas en tierra. En el aire, no tengo que explicar las razones por las cuales una circunstancia o expresión me perturba. En el aire, mi ser funciona naturalmente, nadie arremete contra mí con una frase tal como “uy dios, flaco”. En el aire, la melodía, consecuencia de la conjunción entre la voz del viento y el motor, me envuelve y me eleva aun más. En el aire solo estoy yo. En la tierra, lo individuos caminan aceleradamente, chocan sus hombros al cruzarse, sin mirarse a los ojos, sin ofrecer una disculpa. En el aire, me acompaña la paz y la adrenalina. Por momentos cierro los ojos, manteniendo un rumbo constante, pero, rápidamente, los abro, ellos reflejan una mirada arrogante, con la melodía de la cabalgata de las valkirias, compuesta por Richard Wagner, sonando en mi mente, me transformo en un aguerrido piloto; la tierra pasa a estar por encima de mi cabeza, y cambia su lugar con el cielo, segundo a segundo, variando de maniobra una y otra vez; ya no existe el arriba, no hay abajo, solo estoy, libre, como siempre lo deseé, puro, soy lo que soy, ámenme u ódienme. En el aire, no existe más que la autenticidad, las nubes humedecen mis antiparras. En el aire, es posible alcanzar lo que en tierra nadie me da, lo que nadie tiene, pero la creen poseer, lo que jamás encontrarán; en el aire, me acompaña la libertad.